13 septiembre, 2008

 

Lo que usted ha de leer de ahora en más.


RECOMENDACIÓN IMPORTANTE: lea cada entrega en el orden en que figuran, y nunca pase a la próxima si no ha asimilado bien la anterior.


Índice del BLOG

1- Hoy comienza una nueva manera de ver las cosas. Prólogo e Introducción.

2- Primera Hipótesis: NUEVAS DEFINICIONESPARA ANTIGUOS TERMINOS

3- Segunda Hipótesis: LA GORDURA NO ES UNA ENFERMEDAD

4- Tercera Hipótesis: DESCRIPCION DEL PROCESO FISIOLOGICO DE ENGORDAR

5- ANEXO A LA TERCERA HIPÓTESIS y Cuarta Hipótesis: DESCRIPCION DEL PROCESO FISIOLOGICO DE ADELGAZAR

6- Quinta Hipótesis: NO DEBEMOS CONFUNDIR ADELGAZAR CON ENFLAQUECER

7- Sexta Hipótesis: EL CONFLICTO ECLIPSANTE

8- Séptima Hipótesis: EL ORDEN POR EL TERROR

9- Octava Hipótesis: LA GORDURA NO PRODUCE TODAS LAS ENFERMEDADES DE LAS QUE SE LE CULPA

10- Novena Hipótesis: LA GORDURA EN LA NIÑEZ

11- Décima Hipótesis: LA GORDURA EN LA ADOLESCENCIA

12- Undécima Hipótesis: EL “PACIENTE PROBLEMA”

13- Duodécima Hipótesis: LOS NEFASTOS ANOREXIGENOS

14- Decimotercera Hipótesis: LA FUERZA DE VOLUNTAD

15- Decimocuarta Hipótesis: LA SILUETA FEMENINA

16- Decimoquinta Hipótesis: MI PROPUESTA

17- Decimosexta Hipótesis: LA ACTIVIDAD FISICA EN EL PROCESO DE ADELGAZAMIENTO

18- Misceláneas: A) HIPÓTESIS SOBRE POR QUÉ SENTIMOS LA NECESIDAD DE COMER COSAS DULCES CUANDO NOS VA MAL

19- Misceláneas: B) HIPÓTESIS SOBRE LOS ALIMENTOS DEL INVIERNO Y DEL VERANO

20- Misceláneas: C) HIPÓTESIS SOBRE LA “ANOREXIA NERVIOSA”

21- Misceláneas: D) HIPOTESIS SOBRES LOS PUNTOS DE VISTA REFERIDOS A LA “BULIMIA”

22- Misceláneas: E) EL ETERNO PROBLEMA DEL DESAYUNO

23- Misceláneas: F) OPINION SOBRE LOS ALIMENTOS Y BEBIDAS “DIET”, “LIGHT”, “BAJAS CALORIAS” O "DIETETICOS”

24- Misceláneas: G) HIPÓTESIS SOBRE LA ALIMENTACION DE LAS EMBARAZADAS

25- Dedicatorias y Epílogo

26- CÓMO ELEGIR UN BUEN MÉTODO PARA ADELGAZAR

27- ÚLTIMA ENTREGA: "LOS ADELGAZADORES"



OTROS TEMAS ANEXOS AL BLOG:

"Algunos de los viejos mitos de la medicina"


1- MITOS EN MEDICINA: "EL CALOR SECO ES BUENO PARA EL REUMA, EL CALOR HÚMEDO ES MALO"

2- MITOS EN MEDICINA: “¿EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIINFLAMATORIOS, ANALGÉSICOS Y ANTIFEBRILES?”

3- MITOS EN MEDICINA: "LOS ATAQUES DE HÍGADO"

4- MITOS EN MEDICINA: “EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIGASTRÍTICOS O LOS ANTIULCEROSOS”

5- MITOS EN MEDICINA: “¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?” (Primera parte)

6- MITOS EN MEDICINA: “¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?” (Segunda parte)

7- MITOS EN MEDICINA: “¿SE PUEDEN COMER VERDURAS DE HOJA Y ALIMENTOS QUE CONTENGAN SEMILLAS MUY PEQUEÑAS CUANDO SE TIENEN DIVERTÍCULOS EN EL INTESTINO GRUESO?”





12 noviembre, 2007

 

ÚLTIMA ENTREGA

Índice general del blog

LOS ADELGAZADORES

Errar es humano.
Contribuir al error es una actitud vil…
y aprovecharse de esos errores, no tiene perdón.


Anécdota de consultorio:

Hace unos años vino a verme una mujer gorda, acompañada por su marido.
Después de la acostumbrada charla preliminar, me comentó –Ya he adelgazado ciento doce kilos.
Esa revelación me asombró: se la veía gorda, pero muy bien formada y lozana (era bastante alta y de porte elegante). No entendía cómo, después de haber perdido semejante cantidad, podía mostrarse así de saludable, pero como su esposo no lo desmentía, lo tomé por cierto.
Cuando subió a la balanza –ya les he comentado que como no puedo convencer a nadie en un tris-trás de lo inútil de ella, comienzo pesando a mis pacientes, como es a lo que están acostumbrados-, cuando la pesé, les decía, el fiel marcó ochenta y cinco kilos.
-¿Cuánto ha llegado a pesar la vez en que estuvo más gorda?- le pregunté esperando una respuesta terrible. –Ochenta y cinco…, hoy es el día en que he pesado más- me contestó muy suelta de cuerpo.
-¿Cómo, no me acaba de decir que ya bajó ciento doce?
-Sí, es cierto…, pero sumando los kilos que bajé cada vez. La primera vez que hice dieta bajé doce, luego los aumenté; la segunda vez, nueve, pero los recuperé; y así, sumando cada bajón (sic) ya llegue a los ciento doce que le comenté- (el marido impávido).
Me largué a reír, el “chiste” me pareció de lo más ingenioso…, pero no era un chiste. Fue la primera y única vez en que escuche semejante confesión –dicha con total seriedad y con absoluta convicción- (Al fin y al cabo era una buena forma de mirar el medio vaso lleno).
Todo quedó como una más de las ciento de anécdotas que puedo contar.
Ésta y muchas otras me han hecho reflexionar. He buscado muchas explicaciones para este modo de actuar, me refiero a hacer dietas y más dietas como si este fuera el motivo de vivir de la inmensa mayoría de los que, por ejemplo, leen este blog (usted ha leído algunos de mis razonamientos al respecto).
Y el tiempo transcurre; y a uno, que vive pensando en estas cosas, se le van ocurriendo nuevas ideas, basadas todas en la dichosa “evidencia”.

En los meses de julio y agosto de este 2007, convaleciendo de una pequeña cirugía, y disponiendo de mucho tiempo para reflexionar, arribé a una conclusión que me pareció muy útil. Para aportar más pruebas al nuevo razonamiento acudí a esta maravilla de Internet y me asomé a varios foros y sitios web en donde el tema central es la gordura, la obesidad y los supuestos métodos para atacarlas. Las horas que pasé leyendo las distintas opiniones de los participantes de cada uno y de los autores de cada página me sirvieron para confirmar la nueva hipótesis, y disculpar la, al principio descorazonadora, repitencia en los intentos de los portadores de tan preocupante conflicto; de los abandonos, y de los cambios de estrategias, que son tomadas al principio con un entusiasmo arrollador, y abandonadas al poco tiempo con un agobiante desaliento (aunque los resultados aparenten ser, o sean, estimulantes).

Y aquí va el desarrollo de esta nueva idea:
Hay personas a las que les encanta ir a pescar, a ellos les llamamos pescadores, cazadores a los que prefieren ir a cazar, corredores a los que les gustan las carreras pedestres, y a los que nadar: nadadores, etc. etc.
¿Por qué van a pescar los pescadores deportivos, muchas veces hasta desafiando terribles inclemencias climáticas, si no se ponen muy contentos cuando la pesca es buena, ni muy tristes cuando es mala? La respuesta es simple: porque a ellos lo que les entusiasma es tan solo la ceremonia de “ir a pescar”, porque saben que por cinco o seis horas estarán solos con su alma en la inmensa tranquilidad del río o en el sedante rumor del mar, purgando a su mente de los problemas que afrontan a diario al llevarla a navegar por el terapéutico camino del “no pensar en nada”, aunque sepan que nadie les cree la vieja excusa de “me encanta comer lo que pesco”.
¿Por qué van a escalar los montañistas, si sería mucho más fácil, y menos fatigoso y arriesgado, llegar a la cima en helicóptero? Porque aman el placer que les reporta el escalar como deporte, el sentirse llenos de riesgos y alejados del resto del mundo, del íntimo contacto con la naturaleza, de los pequeños triunfos que consiguen al finalizar cada etapa de la ascensión, de la enorme satisfacción de llegar a la cumbre.
Y así se podría explicar el porqué de los corredores, y de los jugadores, y de los…
Extrapolando, entonces, ¿Cómo llamar a los que “van a adelgazar” una vez, y otra, y otra, y otra?...adelgazadores, por supuesto. Son quienes se ponen una y mil veces a dietas y dietas, sabiendo en su intimidad más profunda que volverán al principio, y que la alegría de algún éxito les durará tan poco como la tristeza de algún fracaso. Y el porqué de tales actitudes, que cualquiera que no comprenda nada del tema podría tildar de ilógicas, tienen explicaciones que ya vimos en el desarrollo del blog: necesitan quitarse la culpa de haber “llegado a esto” pagándola con el esfuerzo de sentirse hambreados por un tiempo; o de tratar de conformar a los demás…, y conformarse, con el remanido –Sí, estoy gordo… pero estoy haciendo dieta-; o eclipsando el formidable conflicto de la gordura con el de buscar, por el método de la prueba y el error, la dieta que “la derrote”.

Como verá, mi querido lector, el tiempo va haciendo que todo sea cada vez menos complejo.

Pido, humildemente, perdón a aquellos a los que en su momento no supe comprender. Ahora la cuestión me parece absolutamente clara.

Entonces, ¿Cuál sería la conclusión de todo esto?

Pues si te gusta ir a pescar, aunque no pesques nada; a correr aunque no te signifique más que llegar al punto de partida; a cazar aunque sepas que vas a regalar todas las piezas que consigas…; a hacer dieta aunque sepas que tarde o temprano recuperarás lo que has perdido: ¡ADELANTE! (Siempre que no te lastimes con los anzuelos, no destroces tus articulaciones en la carrera, no hieras a nadie con un disparo errático…, o no te enfermes por malalimentarte o por intoxicarte con los nefastos anorexígenos).


GRACIAS A TODOS LOS LECTORES DE ESTE BLOG, A LOS QUE ME ALENTARON, A LOS QUE NO ESTUVIERON DE ACUERDO CON MIS OPINIONES, A LOS MUCHOS QUE SE HICIERON MIS AMIGOS, Y, SOBRE TODO, A LOS QUE ENTENDIERON QUE ES MIL VECES MEJOR UNA CRUEL VERDAD QUE EL MÁS CONSOLADOR DE LOS ENGAÑOS.

Y PERDÓN POR SI, QUIZÁ, TAN SOLO HE CONTRIBUIDO A LA CONFUSIÓN GENERAL (JURO QUE NO HA SIDO MI INTENCIÓN).

Dr. Cesáreo Rodríguez


19 febrero, 2007

 

Mito seis

Índice general del blog

MITOS EN MEDICINA
(cuántas cosas perdemos de gozar porque la cultura popular dice que son dañinas)

6º MITO: ¿SE PUEDEN COMER VERDURAS DE HOJA Y ALIMENTOS QUE CONTENGAN SEMILLAS MUY PEQUEÑAS CUANDO SE TIENEN DIVERTÍCULOS EN EL INTESTINO GRUESO?


Si es usted uno de los portadores de tan universal patología, es harto probable que me conteste con un NOOO! Es más, es muy posible que me diga que varios médicos se lo prohibieron con el argumento de que la celulosa de las verduras de hoja y las semillitas de, por ejemplo, los tomates, pueden producirle una inflamación de uno o más divertículos (lo que en medicina llamamos “diverticulitis” -el tener el intestino grueso con divertículos se llama "diverticulosis"-), cosa que puede desencadenar un evento mucho más grave: la peritonitis.
Trataré de convencerlo de que esto no es más que otro mito.

Una pequeña lección de anatomopatología básica.


El intestino grueso (colon) es el penúltimo tubo del aparato digestivo (el último es el recto, que termina en el orificio anal).
Comienza en lo que llamamos “ciego” (porción de donde está colgado “el apéndice”) con diámetro de entre 8 y 9 cm., y termina en el “sigmoide”, inmediatamente antes del recto, que tiene un diámetro de entre 2 y 3 cm.
Su largo total es variable, y va, usual y normalmente, de los 90 a los 120 cm. (lo que lo nos pone a mitad de camino entre los herbívoros y los carnívoros estrictos -recuerde que los humanos somos herbívoros no estrictos-).
Su pared está formada por tres capas. La más interna es la que denominamos “mucosa”, en ella se realizan trabajos de absorción, fundamentalmente de agua y sales.
La capa media es la “muscular”, ya que está formada por músculos de estructura muy especial, que hacen los movimientos para los que está diseñado.
La capa más externa se denomina “serosa”, y es parte de lo que conocemos como “peritoneo”.
Obviamente toda esta pared recibe sangre, que le entrega sus nutrientes y el oxígeno necesario como para mantenerse viva y funcionar. Esa sangre llega por arterias (y vuelve al corazón por venas), que, juntas a nervios, forman un complejo de arteria, vena y nervios que se denomina “paquete vasculonervioso”.
Esos paquetes penetran en el colon por orificios que le permiten llegar hasta la mucosa.
La luz del colon (llamamos así al espacio interior que limita “la pared colónica”) se encuentra a una determinada presión (siempre mayor a la atmosférica) producida por los gases de la fermentación de los alimentos. Presión, que si es normal, la pared muscular soporta perfectamente. Pero cuando esa presión se hace mayor en forma permanente, la pared de él se ve sometida a esfuerzos que generalmente no puede soportar.
Por eso, lentamente (en el transcurso de años), esa presión aumentada continuamente, va empujando hacia fuera a la capa mucosa (la más interna), a través de los orificios que permiten la entrada de los “paquetes vasculonerviosos”, y también empuja a la capa serosa (la más externa), formando una bolsita que cuelga de la parte externa de la pared del colon, y con el que se comunica por un orificio (el que servía de entrada al paquete vasculonervioso) ahora dilatado. ESO ES UN “DIVERTÍCULO”. (Es una pena que no haya aprendido a dibujar en estos mensajes. Si lo hubiese hecho usted entendería todo mejor, pero trataré de arreglármelas solo con las palabras. Si hay algo que no entienda, le ruego me lo pregunte y se lo explicaré de otra forma).
En resumen: esa es la anatomopatología de los famosos divertículos.

Muchas veces, los divertículos son tantos en una pequeña porción del intestino, que los cirujanos deben operar para quitar esa porción, y así evitar el riesgo siempre presente de una diverticulitis.
Y cuando examinan la pieza operatoria descubren que dentro de cada uno hay pequeñas semillas (de tomates, uvas, kiwis…), y de fibras de celulosa de las hojas verdes (que los humanos no podemos metabolizar, por lo que tenemos que defecarlas, pero antes de eliminarlas se depositan en ellos. Normalmente esos elementos salen del divertículo al ser arrastrados por el moco que continuamente fabrica la mucosa) De allí el error: se pretende que son ellos los que producen la tan dolorosa y temida “diverticulitis”. De allí la prohibición de su consumo. Pero están equivocados.

La DIVERTICULITIS se produce cuando la presión intraintestinal es tan grande (recuerde que la pared de un divertículo tan solo está formada por mucosa y serosa), que “infla” a cada uno de ellos. Esa hipertensión intraluminal en cada divertículo, aplasta al paquete vasculonervioso, por lo que la pared mucoso-serosa comienza a sufrir “isquemia” (falta de oxígeno). Si esa isquemia se prolonga, se produce un “infarto” (muerte de los tejidos por falta grave de oxígeno), luego ruptura del divertículo; y, como consecuencia, salida hacia los espacios interintestinales de materias fecales de dentro del intestino grueso, lo que infecta al peritoneo, y son la causa de la famosa “peritonitis”.

Entonces, lo que produce esas isquemias y esos infartos, no son las semillitas o las fibras de celulosa, sino la hiperpresión intraluminal del colon.
La pregunta del millón es ¿Qué es lo que produce esa hipertensión intracolónica?
Y la respuesta es muy simple: los alimentos que en el colon producen espuma (ya lo hemos visto):
leche, yogures, quesos blandos, naranjas y mandarinas, y la harina de trigo.
Siendo realistas, las harinas no pueden suprimirse totalmente de la dieta de cada uno, pero si disminuimos su consumo al mínimo indispensable a que obligan “las circunstancias”, y eliminamos de nuestra mente que en el mundo existen la leche (que puede ser reemplazada por crema de leche, ya que esta casi no contiene lactosa, que es el azúcar de la leche que produce, al fermentarse, la dichosa espuma), los yogures y los cítricos mencionados, les aseguro que el tener divertículos no ha de ser muy diferente a tener ojos verdes.

Próxima entrega: ¿EL “EMPACHO” ES ALGO REAL O ES FANTASÍA POPULAR?

11 febrero, 2007

 

Mito cinco (2da parte)

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MITOS EN MEDICINA
(a cada cosa que sintamos, tenemos el hábito de buscarle una explicación. Eso está bien. Pero si erramos, estamos condenando a un inocente. Y como el verdadero culpable sigue estando libre, puede seguir haciéndonos daño)

5º MITO (2da parte): ¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUALES? (Segunda parte)


En la entrega anterior decíamos que el hipertenso tiene un miedo morboso a que su presión se eleve por encima de ciertos límites, ya que si lo hace, piensa, podría tener “un ataque de presión”, que paralizando la mitad de su cuerpo, podría dejarlo inválido por largo tiempo, o para siempre.
Eso ha hecho que con el correr de los años se hayan adjudicado a la hipertensión “síntomas de alarma” que “avisan” a su portador que la cosa no está bien, por lo que necesita urgentemente ayuda.
Y, pobre hipertensión, los síntomas de alarma que se le atribuyen son legión, pero pura fantasía.
El más común de todo es la cefalea (dolor de cabeza).
No es un misterio el encontrar el origen de este mito.
Antiguamente, cuando no existían los modernos medicamentos antihipertensivos de los que disponemos, en la clasificación de HIPERTENSIÓN, la más grave se denominaba “Hipertensión Maligna”, y el nombre era bastante acertado, ya que por esas épocas, al que se le diagnosticaba ese tipo, moriría nunca después de dos años de efectuado el diagnóstico.
El portador de ese mal, solía tener un síntoma muy desagradable (no estaría mal si escribiéramos “torturante”).


En la entrega anterior decíamos que el cerebro controla la presión de sus arterias. Pero eso deja de ocurrir durante el sueño. Cuando uno se duerme, lentamente, esa magnífica protección va desapareciendo, hasta que más o menos luego de una hora después de habernos dormido, las arterias cerebrales tienen la misma tensión que las del resto del cuerpo. Eso hacía que, en los hipertensos malignos, comenzara a doler su cabeza. Dolor que se iba incrementando con el correr de las horas, hasta que más o menos a la tercera, se hacía tan terebrante que despertaba al enfermo a la madrugada. Él no encontraba forma de acomodar su cabeza en la almohada (“es como si la tuviera apoyada en un tronco”, me comentaban hace treinta años), lo que los obligaba a levantarse, y, misteriosamente, el dolor desaparecía, sin tomar ningún tipo de calmante, en menos de una hora y media (es que los reguladores de la tensión de las arterias intracerebrales comenzaron a funcionar en la vigilia, haciéndola descender).
Ese síntoma, que en realidad era muy raro de encontrar (yo tan solo recuerdo cinco casos en mis primeros años de médico -luego vinieron los modernos medicamentos antihipertensivos, que son tan eficaces como para haber hecho eliminar de la clasificación a la “hipertensión maligna”-).
Pero como la “cefalea de la hipertensión” fue un síntoma que duró siglos, en la actualidad, por esas cosas de los atavismos, cualquier dolor de cabeza en un hipertenso, se atribuye a un descontrol en sus cifras tensionales. Y allí va el pobre hipertenso al que le duele la cabeza, muerto de miedo, a tomarse la presión en donde primero encuentre alguien que la mida (que no quiere decir “que sepa medirla”).
Seguramente la encontrará más elevada de lo usual, porque el paciente está asustado y recién llega. La deducción lógica, basada en esas erróneas evidencias es que la hipertensión “hace doler la cabeza”. PERO ESO ES FALSO: la hipertensión no puede dar cefaleas porque, por más alta que esté, el cerebro regula la propia, y en sus arterias siempre está “normal”.
Hay muchísimas causas de cefaleas. La más común es la artrosis, o la rectificación, de la columna cervical, y la que le sigue es "la jaqueca", pero la hipertensión jamás es una de ellas.

Otro de los “síntomas premonitorios”, son “los mareos” (o vértigos, para ser más exactos en el uso del idioma común -y hago esta referencia porque en la medicina moderna la palabra “vértigo” se ha reemplazado por “mareos del tipo dos”. Qué va uno a hacerle, tenemos que cambiar la nomenclatura para que nosotros mismos nos creamos que “seguimos avanzando en los conocimientos”. Un día, en un congreso un “experto” nos explicaba que la diabetes sulfodependiente -esa que mejora tomando comprimidos-, a la que usualmente llamamos “diabetes tipo II" , a partir de ahora se llamaría “tipo 2”, usando números arábigos. Cuando pregunté el porqué del cambio, el “experto” me contestó que “porque el II romano, podía confundirse con el once”(sic). -¿Es que hay diabetes tipo 3, 5, 7, 8 ó 10?- le pregunté. Me miró con desdén, y siguió hablando muy suelto de cuerpo. Demás está decir que me levanté y me volví a casa, en donde suelo encontrar cosas mucho más interesantes que el dogma.
El vértigo (sensación de que todo gira a nuestro alrededor, o que somos nosotros los que giramos), puede tener dos orígenes usuales.
Uno es circulatorio: en la artrosis grave de cuello, al levantar la cabeza, por ejemplo para colgar la ropa lavada en el tendedero, las arterias posteriores del cuello se colapsan, dejan de llevar la sangre, y se produce un desarreglo eléctrico en un pequeño órgano del que hablaremos unas líneas más abajo, y, luego,esa fea sensación (que termina, instantáneamente, cuando uno mira hacia delante -porque las arterias se descolapsan-).
El otro, el más común, es PURAMENTE ELÉCTRICO.
Tenemos, en la parte más interior de ambos oídos, un genial aparatito al que llamamos “laberinto”, que sirve para asegurarnos el más importante de los sentidos: el sentido del equilibrio. Es el que nos da la percepción de cómo está nuestro cuerpo en el espacio (vertical, horizontal, de lado, etc.). Si uno de esos aparatitos se enferma (para ejemplo tomemos que el enfermo es el izquierdo), el derecho le dirá a nuestro cerebro que estamos verticales y mirando hacia delante (cosa que es cierta), mientras que el izquierdo -el enfermo- le informará que estamos ladeados hacia la izquierda. Esa información dispar hará que nuestro cerebro no pueda computarizarla, lo que se traduce en una sensación de que todo gira, o que no podemos caminar “derechos” (tal como a los borrachos, a los que el alcohol les trastorna sus laberintos).
Obviamente, el que estaba muy cómodo haciendo sus tarea habituales, y de golpe le ocurre, por ejemplo, que todo gira a su alrededor (o que es él el que gira), siente un enorme pánico, por lo que hace llamar a una urgencia, que lo primero que hace es tomarle la presión. Y la encuentra alta.
En esos casos la presión está elevada por dos motivos: por el terror que siente quien de golpe y sin causa aparente siente el horrible vértigo que le hace pensar en una inminente catástrofe cerebral, y por un motivo fisiológico que hace que la presión suba, por mecanismos reflejos, cuando el cerebro padece de vértigos.
MORALEJA: La presión no produce vértigos, ni mareos, ni inestabilidad de marcha, sino que todos ellos “suben la presión”.

Y el último más común de los “ataques de presión”, es el sangrado nasal (epistaxis).
El ver salir sangre de un lugar de donde no debiera (no de una herida, por ejemplo), nos produce pánico, especialmente si la hemorragia es nasal. Todos asocian a la hipertensión con este fenómeno. He escuchado, con asombro, que muchos médicos le han comentado a pacientes con epistaxis: -Menos mal que sangró por su nariz, porque si la sangre hubiese salido por alguna arteria de su cerebro……………
Me dan vergüenza ajena esas opiniones. Imagínense qué pasa por la mente del enfermo durante todo el resto del tiempo que le queda por vivir.
La sangre que sale por la nariz es a causa de que una vena dilatada (varicosada), que de pronto comenzó a sangrar (la mayor parte de las veces es a causa de lo que los Otorrinolaringólogos llaman, elegantemente, “rinodactilomanía”, que no es más que la costumbre de hurgar con los dedos las narices).
Ese sangrado nasal, produce tanto miedo que si se le toma la presión a quien lo está sufriendo, se la encontrará elevada. Entonces otra vez el comentario “descolocado”: su nariz sangra porque su presión está alta, dé gracias a Dios que fue en su nariz y no en…

En resumen:
La hipertensión “no da ningún síntoma”, es por eso que siempre decimos de ella que es UN ENEMIGO SILENCIOSO.

Entonces, la pregunta del millón es ¿Cómo sabré si mi presión está alta?
Pues es muy simple: si ya es usted adulto, contrólese la presión una vez al año, en invierno, esto es fundamental, ya que el frío eleva la presión de todos, y, especialmente, un día en que la presión atmosférica esté baja (cuando baja la presión atmosférica, la tensión arterial tiende a subir. Luego de tres días de estar la atmosférica baja, la arterial se normaliza; y, al revés, cuando la presión atmosférica sube de golpe, la tensión arterial baja, pero el tercer día de presión atmosférica alta, la tensión vuelve a sus cifras normales), que la presión atmosférica esté baja, decía, y usted haya descansado no menos de 15 minutos antes de tomarla. Si en esa toma la presión está por debajo de 150/85, no vuelva a controlarse hasta el año que viene en un día similar.
Si está en esas medidas, o superiores, consulte a un clínico. Pero sin miedos: NO DEBE TENÉRSELE TEMOR A LA PRESIÓN, SINO RESPETO (MUCHÍSIMO RESPETO).

Reiterémoslo: la presión ya ha dejado de ser el enemigo que era en el pasado. Con los nuevos medicamentos (y los que vendrán) ha pasado a ser “un mal menor”.
Y si sigue siendo mayor es a causa del terror que produce la desinformación (o la contrainformación). Tengámosle muchísimo respeto, pero jamás miedo.

Consejos para ser en hipertenso respetuoso:
Nunca dejen de tomar los remedios que su médico le indicó.
Nunca dejen de concurrir a la visita de control.
Jamás dejen que nadie les tome la presión, si no es su médico o alguno a quien él le derivó.
En invierno usen siempre sombrero (el 70 % del calor corporal se pierde por el cuero cabelludo).
Aunque sean poco sensibles al frío, abríguense como lo hacen las personas que lo rodean (siempre les digo a mis pacientes: “si uno tiene la mano anestesiada, la pone al fuego y no le duele…, pero se le quema”).
Jamás tengan un tensiómetro en casa, es un aparato que tan solo sirve para hacerlos asustar.
Si tienen epistaxis a repetición, no se tomen la presión cada vez que ocurra, y vayan a un otorrinolaringólogo para que les solucione el problema.
Si tienen dolores de cabeza con mucha frecuencia, concurran a su clínico para que investigue por qué les duele. Pero jamás se hagan tomar la presión, por más intolerable que sea el dolor, ya que si la presión está alta no les pasará nada, pero si lo saben se llenarán de angustia gratuitamente, con lo que empeorarán el cuadro de sufrimiento.
Si tienen mareos, o vértigos, o inestabilidad de marcha, vean a su clínico para que, si él no puede resolver el problema, los derive a un neurólogo. Y en esos casos tampoco se tomen la presión en plena crisis. Si ya saben que ha de estar aumentada, ¿Para qué torturarse con las cifras?
Y, reitero: aunque se sienta extraordinariamente bien, hágase tomar la presión por un médico, al menos una vez al año.

Próxima entrega: ya se verá (hay tanto que desmistificar…).

04 febrero, 2007

 

Mito cinco (1ra parte)

Índice general del blog

MITOS EN MEDICINA
(muchas veces la creencia popular hace más daño que la más profunda ignorancia)

5º MITO (1ra parte): ¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES? (Primera parte)

La hipertensión arterial es el segundo trastorno crónico de salud de toda la medicina (el primero son los trastornos producidos a causa de la mala alimentación).
Y es en la hipertensión en donde la creencia popular ha influido más con sus mitos (obviamente, ha influido en contra).

¿Le duele la cabeza?: tiene alta su presión.
¿Tiene mareos?: su hipertensión se ha descontrolado.
¿Le sale sangre de su nariz? (a eso los médicos le llamamos “epistaxis”): su presión debe estar por las nubes.
Y así un sinnúmero de síntomas son los que “alertan” a los hipertensos de que “las cosas no andan bien”.

Entonces el que de pronto comienza a sentir dolor de cabeza, o mareos, o comienza, sin motivo aparente, a sangrar por su nariz (o siente alguna cosa rara, cosas que son tantas que sería aburrido enumerar), sale corriendo a la farmacia, o al enfermero de la esquina, o llama a la guardia de emergencia médica (si es que no ha cometido el desatino de tener un tensiómetro en casa). Le toman (o se toma) la presión, y efectivamente está alta, como lo suponía.
Entonces vienen los consejos de las “personas que saben”: -Tómese otro comprimido ¡Ya!-, o –Haga reposo y coma sin sal-, o –Vaya corriendo a consultar a su médico.
O los médicos de la emergencia, que ni siquiera lo han visto una vez, le ponen debajo de la lengua un ansiolítico (antes era peor, porque tenían la costumbre de ponerle allí el contenido de una cápsula de Nifedipina -10 miligramos-, que era mucho, muchísimo más dañino que tener la presión elevada). Le aplican una inyección de diurético (generalmente uno llamado furosemida), se quedan con el “paciente” dos o tres cuartos de hora, controlan que la presión ha descendido, y se van tan campantes.

Todo este accionar ante un aumento de la presión parece lógico y normal. Pero no lo es para nada.
La pregunta fundamental es ¿Por qué los hipertensos se espantan de esa forma cuando sus cifras tensionales se elevan inesperadamente? Y la respuesta es la que todos esperan: porque tienen terror a las consecuencias de padecer un “ATAQUE DE PRESIÓN”. ¿Quién no conoce a alguien que lo ha padecido? Han quedado hemipléjicos, eso quiere decir que una mitad de su cuerpo ha perdido, en mayor o menor medida, la movilidad, y, en la mitad de los casos, cuando eso ha sucedido en el lado de su mano diestra, ya no pueden casi hablar, porque el centro cerebral en donde se coordina el complejo mecanismo de emitir la palabra, se encuentra en el mismo hemisferio que coordina los movimientos diestros de esa mano (y del miembro inferior del mismo lado). Vamos: los diestros de mano derecha, que son la mayoría, cuando la hemiplejia es en el lado derecho, y al revés en los diestros de miembros izquierdos.

Imaginemos un “ataque” de ese tipo.
Juan está almorzando mientras conversa animadamente con su esposa. En un momento comienza a sentirse raro: se le dificulta sostener el cuchillo en su mano, a causa de que la fuerza se va perdiendo en ella segundo a segundo; al mismo tiempo nota que la comisura de sus labios se va ladeando, lo que le dificulta emitir la voz, dificultad que también se agrava rápidamente; nota que cada vez se le hace más difícil nombrar correctamente las cosas aunque en su cerebro las piense correctamente, o hilvanar las frases que en su cerebro siente correctamente hilvanadas. Comienza a sentir un pánico atroz, por lo que instintivamente intenta pararse, pero como el miembro inferior del mismo lado también perdió las fuerzas (cosa que no notó al estar sentado), se desploma.
Ahora quien está presa de pánico es su esposa. Se arrodilla, lo acuesta boca arriba en el piso y comienza a preguntarle desesperada qué le está pasando. Mas él no responde, primero porque se encuentra obnubilado, y segundo porque no puede emitir palabras.
Ella sale corriendo a buscar ayuda, y cuando ésta llega, lo primero que se hace es tomarle la presión arterial. Como era de suponer, está elevadísima, digamos a manera de ejemplo que tiene 260 mm de mercurio de presión sistólica (“presión máxima” como la denominamos usualmente), y 165 mm de presión diastólica (o “minima” como la llamamos casi siempre). Aclaración: los médicos y enfermeros tenemos la costumbre de calificar las cifras tensionales en milímetros de mercurio, el resto de la gente lo hace en centímetros de mercurio (y en centímetros les comunicamos a nuestros pacientes su presión, para hablar su mismo idioma), por lo que para todo el mundo Juan tiene, después del “ataque”, 26 / 16,5. ¿Consecuencia de todo esto?:
Juan ha sufrido “un ataque de presión”.

Pero es falso, lo que Juan ha padecido es un ACCIDENTE CEREBRO VASCULAR. (Las más de las veces una isquemia –falta transitoria de sangre en una zona de un hemisferio cerebral, lo que produce “sufrimiento neuronal”-, o un infarto –ausencia permanente de sangre en esa misma zona, lo que desencadena la muerte de los millones de neuronas que forman esa porción de cerebro que maneja los movimientos de los miembros superiores e inferiores de la mitad opuesta, y el centro del habla –si la mitad opuesta es la mitad diestra, como vimos más arriba-).
Pero quizá Juan no era hipertenso, o si lo era, sus cifras tensionales siempre estaban acotadas porque era un buen paciente y tomaba los medicamentos religiosamente, y concurría a cada visita de control con su médico sin faltar a ninguna.

¿Qué ocurrió entonces?
El cerebro es el órgano más cuidado de toda la economía, y es el que pone de manifiesto más prontamente cualquier falla en ese cuidado.
Como todo el resto del cuerpo, está alimentado y oxigenado por la sangre. Sangre que transcurre por sus arterias a una determinada presión. Pero como es el órgano que comanda a todos los demás, se le ha dado una gracia que los demás no tienen: PUEDE REGULAR LA PRESIÓN DE SUS PROPIAS ARTERIAS. Por un mecanismo muy complejo, sin importar que la presión del resto del cuerpo esté elevada, él siempre mantiene la tensión de sus arterias al nivel que le conviene (en casi todos, más bajo que la presión arterial general).


Supongamos dos sectores vecinos de masa cerebral, y llamémoslos A y B. Cada uno tiene una arteria que lo irriga. Digamos que al sector A lo irriga la arteria 1, y al sector B la arteria 2. Como medida de precaución, de la arteria 1 salen muy pequeñas arteriolas que van hacia el sector B, y de la arteria 2 arteriolas que van al sector A (además, cada sector recibe arteriolas de las arterias, digamos, 3, 4, 5… pero para no hacer tan engorrosa la explicación, quedémonos solo con la 1 y la 2).
Existe una patología universal a la que conocemos como “aterosclerosis”.
Esa palabra proviene del griego athéeree: que significa papilla y de otra palabra griega, Skléeroosis, que significa endurecimiento.
La arteria está formada por tres capas, cada una llamada “túnica”, la interna (o íntima), la media (que es muscular) y la externa. La aterosclerosis es la formación de depósitos o placas de color amarillento, en la túnica íntima y en la porción más interna de la túnica media, de colesterol y otras substancias que con el correr de los años se van calcificando. A esa placa se le denomina ateroma. Eso ocurre en las arterias de grueso y mediano calibre.
La mayor parte de las veces, esas placas van cerrando lentamente la luz de la arteria, hasta que en un momento, la rugosidad de la superficie de cada ateroma produce la formación de un pequeño coágulo de sangre que la obstruyen totalmente. Allí se produce un tipo de “accidente cerebrovascular”, llamado “trombosis” (palabra derivada, también, del griego: thrombo, que significa coágulo).
Al irse cerrando lentamente, digamos, la arteria Nº 1, la 2 a través de sus colaterales le va enviando sangre para que las neuronas de la zona A no se vean carenciadas de nutrientes y, fundamentalmente, de oxígeno. Pero en el momento en que el trombo tapona total e instantáneamente la arteria principal de la zona (la Nº 1), la zona A se encuentra sin oxígeno suficiente, y las neuronas que la componen comienzan a sufrir la ausencia del vital elemento, por lo que empiezan a funcionar cada vez peor, hasta que en dos o tres minutos dejan de hacerlo. Eso es lo que le pasó a Juan mientras almorzaba con su esposa. Entonces, el cerebro envía mensajes para que la presión arterial se eleve con el doble objeto de “destapar” la obstrucción, y fundamentalmente, aumentar el flujo de emergencia a través de las colaterales que provienen de la arteria 2.
En resumen, y para terminar con este galimatías, el accidente cerebrovascular es el que hace elevar la presión, y no la alta presión la que produce un accidente cerebrovascular. (aunque debemos reconocer que la alta presión crónica y mal tratada -o no tratada-, es precursora, además de los desarreglos nutricionales, de los tan peligrosos “ateromas”).

Existe otro tipo de accidente cerebrovascular, gracias a Dios menos frecuente, al que denominamos “embolia” (del griego en, “dentro”+ bóllein “arrojar”), y que definimos diciendo que es la oclusión repentina de una arteria por un coágulo o por alguna otra sustancia extraña (por ejemplo, un trocito de ateroma que se desprende de una placa), y que empujado por la sangre va recorriendo las arterias, que se hacen cada vez más pequeñas a medida que se alejan del corazón hacia la periferia, hasta que encuentran una de un diámetro menor al émbolo y la atasca, impidiendo la circulación de allí en adelante. En estos casos el problema es más grave, porque la zona cerebral afectada no se estaba preparando, como en la trombosis, con “sangre extra” que provenía de la arteria vecina a través de las colaterales. Por eso, en las embolias es muchísimo más común la muerte de las neuronas que el simple “sufrimiento”.
Ese es el motivo por el cual los afectados de trombosis puedan recuperarse mejor (a veces en un 100 %), que los de embolias, que generalmente quedan con la hemiplejia por el resto de sus días.

La pregunta del millón de dólares es ¿Debemos bajar la presión a la víctima de un accidente cerebrovascular?. Mi opinión es NO. El que tenga la presión alta durante algunas horas no ha de hacerle ningún daño (la economía soporta eso sin dificultades), y si lo que ha sufrido es una trombosis (mucho más comunes que las embolias), las neuronas “sufrirán”, pero no “morirán”.

Yo pensé, al imaginar desmitificar el hecho de que la hipertensión no da síntomas, que la cosa sería más sencilla. Estoy acostumbrado a explicarle esto a mis pacientes con palabras y dibujos, pero se me ha tornado mucho más arduo de lo imaginado. Por eso, continuaremos el tema en la próxima entrega, ya que todavía hay mucho por conversar.


Trigésimo segunda entrega: "¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DÁ SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?" (Segunda parte)


27 enero, 2007

 

Mito cuatro

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MITOS EN MEDICINA

(nunca creas ciegamente en todo lo que leas o en todo lo que escuches... ni aún en lo que está anotado en este blog)

4º MITO: EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIGASTRÍTICOS O LOS ANTIULCEROSOS


Aquí tendremos que volver a hacer una breve descripción elemental del funcionamiento gástrico.

Habíamos dicho que el estómago es la segunda porción de los “tubos digestivos”. Que está después del esófago y que es el tubo más ancho de todos. Que en él se realiza una importante función, a saber: los alimentos que ingerimos se mezclan allí, durante tiempos variables, según la calidad de ellos, con un humor extremadamente ácido que el mismo estómago produce, y que se denomina “jugo gástrico”. Con todo eso, luego de ese tiempo variable, se forma una papilla llamada quimo, que más tarde va pasando con mayor o menor velocidad, de acuerdo al contenido graso que el quimo tenga, al intestino delgado para su absorción (digestión).
Ese humor tan ácido lo elaboran células especiales que están en casi toda la superficie interna del estómago. Pero está todo tan bien pensado, que para que ese potente ácido no ataque a la propia pared que lo elabora, esa misma pared fabrica un moco que la tapiza íntegramente, y que es resistente a ese poderoso agente corrosivo. Si esa mucosidad protectora se altera de alguna manera (en su calidad o en su cantidad), el jugo gástrico ataca a su propia “fábrica”, por lo que se producen desde pequeñas a grandes inflamaciones (eso es la gastritis), o, directamente destrucciones de los elementos que forman esa pared (esas son la úlceras), en las que está implicada una bacteria llamada Helicobacter Pylori, que, según los últimos estudios y la evidencia, es la productora de ellas. Esa bacteria debe ser aniquilada con antibióticos y con un fuerte descenso de la acidez gástrica (si hace treinta años alguien hubiese augurado que en algún tiempo las úlceras gástricas serían “curadas con antibióticos”, hubiese ido a parar a un instituto psiquiátrico).
Desde siempre se sabe que el dolor o la “pirosis” (quemazón, acidez -Palabra derivada de Piro = fuego-), se combate ingiriendo cualquier alimento, especialmente lácteos, que al absorber gran parte deljugo gástrico

-especialmente los lácteos, que al ser “alcalinos” (lo contrario de ácido) lo
inhiben más rápidamente-, el problema se alivia.

Desde hace muchas décadas, los farmacólogos han estudiado substancias que evitaran esos síntomas (o que los eliminaran cuando estaban ya instalados).
Entonces descubrieron que los hidróxidos de calcio o magnesio, elaborados en cómodos comprimidos que se podían transportar en los bolsillos o en las carteras, inhibían rápidamente la acción del tan corrosivo ácido. Más adelante se les agregó el hidróxido de aluminio, que tiene la particularidad de casi reemplazar al “moco protector”. (Antiguamente se usaba el bicarbonato de sodio, que por ser alcalino anulaba la acción del ácido jugo gástrico. Pero como después se descubrió que el estómago, porfiadamente, trataba de conservar su acidez cuando se la inhibía con bicarbonato, y la compensaba redoblando la producción ácida, se lo proscribió. Lo mismo que pasa ahora con la leche, que, también por ser alcalina -aunque mucho menos que el bicarbonato-, produce la misma reacción gástrica que él).

A fines de la década del setenta, se produce una revolución: aparece un fármaco, la simetidina, que disminuye la producción de ácido clorhídrico (el principal componente del “jugo gástrico”). Unos años después, tratando de eliminar los efectos secundarios de ese medicamento, se crea la ranitidina (que aún se utiliza). Al finalizar los años ochenta salen a la luz los denominados “inhibidores de bomba de protones”, productos químicos que, actuando molecularmente, impiden la correcta formación del ácido clorhídrico. El primero fue el Omeprazol, al que siguieron los demás “Prazoles”, todos integrantes de la misma familia farmacológica, pretendiendo disminuir, cada vez más, los efectos secundarios (así funciona la ciencia de la farmacología).
Los laboratorios nos los presentaron, y empezamos a prescribirlos. Y es aquí en donde surge el motivo de esta charla: ¿Cómo prescribirlos?
Cuando recibía a cada visitador médico que me presentaba a su “nuevo y maravilloso prazol”, escuchaba de ellos que el paciente debía consumirlos a la mañana y en ayunas.
-¡¿Cómo en ayunas y a la mañana, están locos?!- les protestaba (Si habré discutido con ellos…).
Paso a explicarle el porqué de mi acalorada cuestión.
Supongamos que un padeciente de gastritis toma, por ejemplo, un comprimido de pantoprazol de 20 miligramos (es la dosis usual) a las siete de la mañana (es la hora en la que uno suele estar en ayunas). El organismo, lentamente, lo va metabolizando y eliminando, de tal suerte que cuando llegan las 23:00 hs. y se va a dormir, en su cuerpo no quedan más que 5 o 6 miligramos.
La comida, cualquiera, produce un efecto antiácido al absorber gran parte del jugo gástrico presente, para comenzar el primer gran paso de la digestión, como vimos más arriba. Obviamente ese efecto antiácido es más o menos duradero de acuerdo a la calidad del alimento o la bebida que se consuma. Eso lo saben bien los que padecen o han padecido gastritis o úlceras: cuando comienzan los síntomas molestos (dolor, ardor…), un bocado o un trago de algo son “la cura milagrosa” por un ratito (los síntomas desaparecen instantáneamente).
Pues en la noche, mientras estamos durmiendo, nuestro estómago estará vacío por siete u ocho horas, durante ese lapso no hay nada que mitigue la acción del tan corrosivo jugo gástrico. El Pantoprazól tiene esa acción, pero a esas horas hay tan poquito circulando por nuestra economía, que, prácticamente, el efecto que pueda causar es despreciable.
Por todo esto: LOS PRAZOLES DEBEN TOMARSE UN RATO ANTES DE IR A DORMIR.
Si alguien que lee esto está tomando, o conoce a alguien que consume estos medicamentos, en lugar de a la mañana tómenlos antes de ir a la cama. En tres o cuatro días notarán la enorme diferencia en los resultados terapéuticos.

Trigésimo primera entrega: "¿LA HIPERTENSIÓN ARTERIAL DA SÍNTOMAS? ¿CUÁLES?"

21 enero, 2007

 

Mito tres

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MITOS EN MEDICINA
(no hay enfermo más intratable que el que tan solo "cree" que lo está)

3º MITO: LOS ATAQUES DE HÍGADO


¿Quién no ha tenido en varias oportunidades un “ataque de hígado”?
Pero cuando en la consulta uno pregunta detalles, resulta que tan solo algunos han tenido algo relacionado al complejo hepatobiliar: un cólico biliar (en algunas personas, se forman cálculos -pequeñas concresiones sólidas- dentro de su vesícula. En un determinado momento uno de esos cáculos se escapa del órgano en cuestión, y se mete en el "colédoco", que es el pequeño tubo que lleva la bilis hacia los grandes tubos digestivos. Ese cuerpo extraño dentro de tan pequeño conducto, hace que sus paredes se contraigan -se espasmodicen- produciendo un dolor casi insufrible), cólico, decíamos, pero eso no es “un ataque de hígado”. Lo que han sufrido no es sino un traspié que les ha dado su vesícula. Decir que un cólico biliar es un ataque de hígado, es como decir que una cistitis es un ataque de riñón. La vesícula, a diferencia de la vejiga, está “pegada” al hígado, pero fisiológicamente están igual de distantes las dos: la vejiga sirve para guardar la orina entre micción y micción, la vesícula para guardar la bilis entre digestión y digestión.

Uno, anoche, ha comido huevos fritos, y esta mañana se ha levantado con “molesto dolor en el hígado”, náuseas, vómitos y dolor de cabeza. Los que le rodean diagnostican, con la mayor de las certezas, “esto es un ataque de hígado” (es muy seguro que usted alguna vez lo sintió o lo diagnosticó, o, peor, algún médico hizo el diagnóstico). Pero están todos errados.


Veamos las causas del error, y perdonémoslos, lo hacen sin maldad.
Hablemos un poco de fisiología hépatobiliar elemental.
La bilis es un líquido (un humor) digestivo maravilloso, y el colesterol es su componente fundamental. Todo lo que los intestinos delgados absorben (eso es “la digestión”), ha de ser soluble en agua. Las grasas no podrían ser digeridas si no existiera la bilis (Vamos, que si no existiera la bilis, tampoco existiríamos nosotros). Ella, que contiene jabones, hace a las grasas de la ingesta solubles en agua (igual que los jabones que usamos para el aseo). Esa solubilidad hace que sean absorbibles, digeribles quiero decir.
El huevo, para seguir con el ejemplo conque iniciamos este discurso, es muy “COLAGOGO”, lo que quiere decir que exige que la vesícula le provea de mucha bilis, para que pueda ser asimilado al máximo.
Pero aquí entra la cultura. Es absolutamente usual que quien come huevos fritos lo haga acompañado de mucho pan (para sopar en la riquísima yema apenas coagulada -no son muchas las cosas más ricas que eso-).
Y cuando uno come grasas y almidones, está exigiendo al máximo su capacidad digestiva (podría uno decir, sin pretender exagerar en las especulaciones, que “está abusando de ella”).
El comer muchas grasas (el huevo frito tiene muchas), hace que la vesícula provea de mucha bilis, que junto con mucho almidón hacen un desastre. Porque el almidón nunca se digiere en su totalidad, por lo que el sobrante llega al intestino grueso para luego ser eliminado. Pero ocurre que el intestino grueso está plagado de bacterias (no se asuste, son amigas, y hasta nos proveen de la fundamental vitamina K, entre otras cosas), plagado de bacterias, decía, para las que el almidón es el más sabroso de los postres. Entonces se lo “comen”, y a eso le llamamos fermentación; y esa fermentación (como todas las fermentaciones) produce gases. Y también ocurre que al colon llega la bilis sobrante, y, recordemos, la bilis tiene jabones. Y usted sabe qué ocurre cuando juntamos jabón diluido en agua y gases. Si señor: se produce espuma; y una espuma formada por burbujas muy pequeñas (parecida a la espuma de la cerveza), que, literalmente “infla” al intestino grueso, por lo que se produce el primer “síntoma de la mañana siguiente”: LA DISTENSIÓN ABDOMINAL.
El colon esta dividido en cuatro tramos: “el ascendente” (es la primera porción, comienza un poco por encima de la ingle derecha -de él esta colgadito “el apéndice”- y sube hasta la altura del hígado). Allí se dobla en un ángulo muy agudo (que en homenaje a su famoso vecino, se denomina “ángulo hepático”), y comienza el segundo tramo “el colon transverso”. Ésta es una porción más corta, y se dirige más o menos horizontalmente hacia la izquierda. Allí, a la altura del bazo, se forma otro ángulo, que esta vez, por la proximidad de ese órgano, se llama “ángulo esplénico” (del griego splen, que en castellano se traduce como “bazo”) y que casi nunca es tan agudo como el hepático. Allí se inicia el penúltimo tramo, “el descendente”, que termina en el cuarto, el “sigmoide”, llamado así porque su trayecto es muy parecido a la S griega llamada sigma (“oide” es un sufijo que significa: parecido a…).
Todo el colon está rodeado de ganglios nerviosos que coordinan perfectamente sus movimientos, a los que se denominan “movimientos peristálticos”, que tienen como función el transporte de su contenido desde el inicio del primer tramo hasta el final del cuarto, para que luego pueda ser evacuado.
Pero cuando el colon está lleno de una espuma muy apretada (como de la que hablábamos más arriba), el asunto se complica bastante, porque la espuma es plástica, entonces avanza cuando una porción del intestino la empuja hacia el final, pero retrocede cuando esa porción se relaja, y todo el trabajo vuelve a empezar. Y esa lucha constante produce dolor, dolor que se hará más manifiesto en donde más espuma se acumule: en el ángulo hepático (la espuma es más liviana que el agua, por eso se junta en ese ángulo, que es la parte más elevada del colon) Y aquí tenemos el segundo “síntoma de la mañana siguiente” EL DOLOR A LA ALTURA DEL HÍGADO, que todo el mundo, graciosamente, lo atribuye a esa noble víscera (pobre hígado).

Mucha gente padece de recurrentes dolores de cabeza (cefaleas), que suelen cursar, aparte de con intolerancia a la luz y a los ruidos, con náuseas y vómitos (y que en medicina se denomina “jaqueca”), que en la inmensa mayoría de los que la padecen se debe a una intolerancia a los fermentos del almidón. Entonces aquí quedan presentados el tercer y cuarto “síntomas de la mañana siguiente”: LA CEFALEA, y LAS NAUSEAS Y VÓMITOS.

Con todo esto tenemos perfectamente instalado “un ataque de hígado”, y espero haberlo convencido de que el pobre hígado NO HA TENIDO NADA QUE VER EN ESTE ASUNTO.

(Sé que el tema es muy difícil de explicar sin dibujos de por medio, por lo que pido perdón si no he encontrado una forma más simple de hacerlo).

Entonces entra en juego el “remedio para los ataques de hígado”: gotas o comprimidos compuestos con antiespasmódicos (generalmente “hioscina”, o “propinox”…) y analgésicos (casi siempre “dipirona”, “clonixinato de lisina”, o “paracetamol”…).
Y uno toma un compuesto de estos, y al poco tiempo los síntomas desaparecen.
El razonamiento que pueda inferirse parece lógico: -Yo tenía esos síntomas, tomé un “remedio para el hígado”, y los síntomas desaparecieron. Luego yo tenía un ataque de hígado por haber comido huevos fritos anoche.
Y todo vuelve a estar mal, equivocado.


Los antiespasmódicos disminuyen (y hasta pueden llegar a paralizar) el movimiento de los músculos lisos que forman la parte fundamental de todos los tubos digestivos, por lo que el intestino deja de luchar, y, obviamente, de doler; y el estómago de hacer sentir náuseas o de provocar el vómito.
Los analgésicos calman el dolor de cabeza, y el pequeño dolor que pueda quedar en el ángulo hepático del colon.
Pero ocurre que el hígado no tiene músculos lisos, porque el hígado ES UNA GLÁNDULA MACIZA.

Los dolores abdominales pueden ser una sintomatología muy importante, vital. No podemos trivializarlos diagnosticando, muy sueltos de cuerpo, -¡Es un ataque de hígado!

Mi familia está formada por cinco integrantes: mis tres hijos, que hoy tienen 35, 32 y 31 años (los dos últimos ya están casados y viven en las suyas), mi esposa y yo. Y juro que en todos estos años, ninguno de los cinco dijo, jamás, “me duele la panza”. Es más, en esta casa jamás ha entrado un analgésico-antiespasmódico. No formó, no forma ni formará, nunca, parte de nuestro botiquín hogareño. El motivo es muy simple: aquí no se comen harinas, salvo en muy contadas ocasiones; aquí no se beben leches ni yogures, y la naranja nunca ha sido una fruta usual en nuestras costumbres (porque ha de saber que leche, yogurt y naranjas, llenan el intestino de una espuma igual que la harina de trigo y producen las famosas y molestas DISTENSIÓNES y cólicos intestinales).

PARADOJA: la mayoría de las veces en que el hígado se enferma realmente, los pacientes que nos consultan casi nunca sospechan que el enfermo es el hígado.

Y con esto termina el mito de los ataques de hígado (¿Terminará el mito?).

Trigésima entrega: “EN QUE MOMENTO TOMAR LOS ANTIGASTRÍTICOS O ANTIULCEROSOS”

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